Cuando un bosque arde, no solo perdemos árboles...
- Pilar Bernaldez

- hace 5 días
- 5 min de lectura

Hay pérdidas que pueden contarse en hectáreas. Otras solo pueden sentirse.
Cada verano vuelven las mismas imágenes.
Montañas cubiertas de humo.
Helicópteros cruzando el cielo.
Bomberos luchando sin descanso.
Familias pendientes de una llamada.
Animales huyendo del fuego.
Y un número que aparece una y otra vez en todos los titulares.
"Han ardido 5.000 hectáreas."
Cinco mil. Diez mil. Veinte mil.
Pero...
¿Sabemos realmente qué significa perder una hectárea de bosque?
La palabra hectárea aparece continuamente en las noticias.
La escuchamos tantas veces que casi ha dejado de impresionarnos.
Sin embargo, muy pocas personas se detienen a imaginar su verdadero tamaño.
Una sola hectárea equivale a 10.000 metros cuadrados.
Es decir…
Un espacio de 100 metros de largo por 100 metros de ancho.
Ahora imagina diez... Después cien... Después mil...
Y recuerda que no estamos hablando de un aparcamiento vacío.
Ni de un terreno abandonado.
Estamos hablando de millones de formas de vida compartiendo un mismo hogar.
Pongamos un ejemplo.
Si un incendio arrasa 25.000 hectáreas, significa que han desaparecido aproximadamente 250 millones de metros cuadrados de naturaleza.
Doscientos cincuenta millones.
Una cifra tan inmensa que cuesta imaginarla.
Es una superficie superior a la de muchas ciudades españolas de tamaño medio.
Pero hay una diferencia enorme.
Una ciudad puede reconstruirse.
Un bosque centenario…
No.
Las noticias hablan de hectáreas.
La naturaleza habla de hogares perdidos.
Mucho más que un paisaje
Cuando caminamos por un bosque solemos mirar hacia arriba.
Observamos las copas.
Las ramas
.
La luz atravesando las hojas.
Sin embargo, la mayor parte del bosque permanece oculta.
Bajo nuestros pies existe un universo formado por raíces, hongos, bacterias, semillas, insectos y millones de microorganismos que trabajan silenciosamente para mantener vivo el ecosistema.
Cada uno cumple una función.
Unos descomponen materia orgánica.
Otros alimentan las raíces.
Otros permiten que los árboles intercambien nutrientes mediante complejas redes subterráneas.
Ese mundo invisible sostiene todo lo que vemos.
Cuando un incendio alcanza temperaturas extremas, gran parte de esa vida desaparece.
Y recuperar un suelo sano puede requerir décadas.

El bosque también tiene memoria
Muchos de los árboles que admiramos comenzaron a crecer cuando nuestros abuelos aún eran niños.
Han sobrevivido a sequías. A nevadas. A tormentas.
Han dado sombra a generaciones enteras.
Han alimentado aves, mamíferos, insectos y hongos.
Han purificado el aire que respiramos.
Y en unas pocas horas…Todo puede desaparecer.
Hay incendios cuya huella ecológica seguirá siendo visible mucho después de que nosotros ya no estemos aquí.
Los animales no siempre consiguen escapar
Existe una idea muy extendida."Los animales huyen antes del fuego."
Algunos lo consiguen. Muchísimos no.
Los erizos. Las crías escondidas en sus nidos. Los anfibios. Los reptiles. Miles de insectos polinizadores. Pequeños mamíferos.
Incluso aquellos que sobreviven encuentran un paisaje irreconocible.
Sin alimento. Sin refugio. Sin territorio.
No desaparecen únicamente individuos.
Se rompen equilibrios completos que habían tardado décadas en construirse.
También perdemos agua
Los bosques son auténticas fábricas de vida.
Protegen el suelo.
Regulan la temperatura.
Favorecen que la lluvia se infiltre lentamente.
Mantienen la humedad.
Reducen la erosión.
Capturan dióxido de carbono.
Refrescan el ambiente.
Cuando desaparecen…
La tierra queda desnuda.
Llegan las lluvias.
Y el agua, en lugar de alimentar el bosque, arrastra la capa más fértil del suelo.
El daño continúa mucho después de apagarse el último foco.
Hay algo que nunca aparece en las noticias
Ningún informativo puede mostrar el canto de un bosque que ya no existe.
No puede enseñar el olor que tenía.
Ni la sombra donde alguien leyó un libro.
Ni el lugar donde un niño descubrió su primera mariposa.
Ni el sendero donde tantas personas encontraron paz.
Los incendios también destruyen recuerdos.
Y esos nunca aparecen en ninguna estadística.
Cuando el bosque también nos duele
Hay personas que, al contemplar un bosque calcinado, sienten una tristeza difícil de explicar.
No es únicamente la imagen de los troncos ennegrecidos.
Es el silencio.
La ausencia de pájaros.
La falta de sombra.
La sensación de que algo profundamente vivo ha desaparecido.
Quienes pasan tiempo en la naturaleza suelen describir una experiencia muy similar.
Cuando caminan por un bosque sano, sienten calma.
Respiran más despacio.
Hablan más bajo.
Su cuerpo parece adaptarse de manera natural al ritmo del entorno.
Cuando ese mismo lugar desaparece bajo las cenizas, muchas personas experimentan un auténtico duelo.
Cada uno interpreta esa vivencia desde su propia forma de entender el mundo.
Algunos la describen en términos emocionales.
Otros sienten una profunda conexión espiritual con la naturaleza.
Otros simplemente perciben que algo importante ya no está allí.
Sea cual sea la forma de nombrarlo…
Quizá esa emoción nos recuerda algo muy sencillo.
Nunca estuvimos separados de la naturaleza.
Siempre formamos parte de ella.
La mayoría de los incendios pueden evitarse
Una colilla.
Una barbacoa.
Una chispa.
Una quema mal controlada.
Un vehículo estacionado sobre hierba seca.
A veces basta un solo instante para destruir lo que tardó siglos en crecer.
Por eso la prevención sigue siendo la herramienta más poderosa que tenemos.
No porque podamos evitar todos los incendios.
Sino porque muchos sí dependen de nosotros.
Cada pequeño gesto importa.
Cada decisión cuenta.
Cada verano tenemos una nueva oportunidad para proteger aquello que no puede defenderse por sí solo.
La verdadera pregunta
Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntar únicamente:
"¿Cuántas hectáreas se han quemado?"
Y empezar a preguntarnos:
¿Cuánta vida acabamos de perder?
Porque cuando un bosque arde…
No desaparecen solo árboles.
Desaparecen millones de seres vivos.
Desaparece biodiversidad.
Desaparecen refugios.
Desaparecen recuerdos.
Desaparece parte del equilibrio que también sostiene nuestra propia existencia.
Antes de seguir leyendo...
Mira por la ventana.
Observa el árbol más cercano.
Respira profundamente.
Ahora imagina que mañana ya no está.
Imagina que tampoco están los pájaros que anidan en él.
Ni la sombra que proyecta.
Ni el olor de sus hojas después de la lluvia.
Ni los insectos que viven entre su corteza.
Ni el suelo fértil que protege.
Multiplica esa sensación por millones.
Quizá entonces comprendamos por qué proteger un bosque nunca debería ser una opción.
Es una responsabilidad compartida.
Un compromiso
En Santuario Interior creemos que cuidar de las personas y cuidar de la naturaleza forman parte del mismo camino.
Cada respiración que hacemos depende del oxígeno que alguien, mucho antes que nosotros, decidió proteger.
Quizá nunca podamos apagar un incendio con nuestras propias manos.
Pero sí podemos evitar algunos.
Podemos enseñar.
Podemos respetar.
Podemos cuidar.
Podemos transmitir conciencia.
Y podemos recordar, cada vez que caminemos entre árboles, que no estamos entrando en un lugar cualquiera.
Estamos entrando en el hogar de millones de formas de vida.
Y también…
En una parte de nosotros mismos.
"No heredamos los bosques de nuestros antepasados. Los tomamos prestados de quienes vendrán después de nosotros."


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